El secreto de Fermín (Prólogo)

Fermín llevaba en la sala de espera desde hacía cinco minutos y ya se sabía de memoria los títulos que el psicólogo tenía colgados en la pared. Se notaba inquieto y no paraba de pasarse la mano por la calva, como si comprobase que estaba tan lampiña como cuando se levantó por la mañana. La verdad es que no tenía claro qué hacía allí. Su problema no es que fuera muy grave pero no sabía a quién contárselo. O al psicólogo o al cura, se decía. Y como Fermín no era muy partidario de los curas, eligió el psicólogo que llevaba pasando consulta en el bloque de su madre desde hacía más de veinte años. ¿Quién si no? Total, no conocía a ninguno. Y Don Manuel, que era como se llamaba el psicólogo, le había parecido agradable al trato las pocas veces que coincidieron en el ascensor.

Mientras Fermín daba el decimonoveno repaso a los títulos de Don Manuel, se abrió la puerta del despacho y salió el psicólogo con una señora de mediana edad.

-Pues nada, le espero la semana que viene a la misma hora.

-Muchas gracias, Don Manuel.

La señora salió de la sala de espera sin mirar a Fermín y cerró la puerta de la consulta. Fermín tardó un momento en percatarse que Don Manuel le estaba mirando desde hacía rato.

-Usted tiene que ser Fermín, ¿no? Pase, pase. ¿En qué le puedo ayudar?

-Pues verá, no se si me recuerda. Soy el hijo de Paquita. La del cuarto. Bueno, eso es lo de menos. El caso es que me ha pasado una cosa un poco… digamos que inusual y estoy un poco preocupado. Hace unos meses me dejó mi novia de toda la vida y me entró un bajón muy gordo. No quería comer, no quería salir de casa, no quería ir a trabajar…ya sabe a lo que me refiero. Así, hasta que un día salí de casa, me vi en el espejo del ascensor y no me reconocí.
Ya basta! me dije y me propuse parar esa sinrazón. Lo primero que pensé en hacer fue en lo que dicen que funciona mejor: Un cambio de imagen. Como tengo menos pelo en la cabeza que el culo de un niño decidí que una peluca sería un buen comienzo para mi nueva vida.

-Pero no la lleva puesta.

-Y ahí es donde voy. Me compré una peluca con un tupé que más quisiera Elvis Presley. Rubia con canitas (dicen que les da una puntito interesante). El caso es que parecía funcionar. Volver a tener pelo me subió la autoestima y ya llevaba una vida normal hasta…hasta que la escuché.

Fermín se quedó callado mirando al doctor, como esperando la cara de sorpresa.  Pero él seguía con la cabeza en su cuaderno de notas. Después de unos interminables segundos Don Manuel  le preguntó: Siga, siga. Hasta que escuchó, ¿a quién?

¡A la peluca! ¿A quién si no?

Ahora el doctor sí que dejó de mirar al cuaderno y subiendo lentamente su cabeza dijo:

-La peluca que se compró le… ¿hablaba?

-Y no sólo eso, ¡me hablaba de ciencia! Al parecer era la peluca del premio Nobel Sir John Gurdon pero se cansó de él y se fue a recorrer mundo. Y claro, acostumbrada a tener un premio Nobel con el que hablar de ciencia, no paraba de hablar de genes, células madre y transgénicos. Y yo, que soy de letras, pues no le entiendo nada.

El psicólogo ya no tomaba notas y se limitaba en mirar detenidamente a Fermín. 

-Y claro, a usted eso le incomoda y por eso ya no la lleva. 

-¡Pues claro que me incomoda! ¡Que parece que estoy chalado hablando con mi peluca! ¿O usted no cree lo mismo?

-Lo de las voces ya lo veremos. Pero déjeme preguntarle una cosa. Desde que no lleva la peluca, ¿qué tal se siente?

-Igual de amargado que antes. Pero claro, entre estar majara o amargado pues ya me dirá usted con qué me quedo.

-Vamos a hacer una cosa. Vuelva a ponerse la peluca. Al parecer eso le viene bien. Y lo de las voces… no se preocupe.  Piense que es una cosa temporal. Como los amigos imaginarios que tienen los niños. Además, si me dijera que le anima a tirarse por el balcón me preocuparía. Pero si sólo es ciencia, déjese llevar.

-Ya doctor pero…

-¡Ni peros ni nada! Inténtelo y ya me dice qué tal le ha ido la semana. Y lo siento pero su tiempo ya se ha acabado.

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5 Comments

  1. A más de un político le vendría fenomenal ponerse la peluca de Fermín…a lo mejor se daban cuenta del agravio que están causando a la ciencia en España. Muy buena historia chicos!!

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